Construir una cartera de inversión no es una tarea sencilla y varía en función de cada inversor, pero probablemente, todas comparten un objetivo común: obtener rendimientos. Una de las claves para lograrlo y reducir el riesgo al mismo tiempo es seguir la máxima universal de la diversificación.

Para definirla, los anglosajones utilizan el conocido dicho de “no poner todos los huevos en la misma cesta”. Aplicado a la inversión esto se traduce en no invertir todo el patrimonio en el mismo producto, es decir, que la cartera esté distribuida, por ejemplo, en diferentes clases de activos, como la renta variable, la renta fija, en diversas compañías, zonas geográficas o mercados distintos. Obviamente, esta diversificación debe ir ajustada al perfil de riesgo de cada inversor y alguien muy conservador no debería tener renta variable en su cartera. En ese caso, la diversificación debería venir dada dentro de la propia renta fija u otros activos conservadores.

¿Para qué sirve la diversificación?

La diversificación es una forma de reducir el riesgo. Toda inversión conlleva un riesgo potencial de caída, lo que implica una posible pérdida de parte o la totalidad del patrimonio invertido. Sin embargo, si en la cartera se tienen diversas inversiones -aunque existe la posibilidad de que todo caiga al mismo tiempo- lo normal es que no suceda si la diversificación se ha llevado a cabo correctamente. O lo que es lo mismo, se ha invertido en activos descorrelacionados entre sí. Se dice que dos activos están correlacionados cuando se mueven en la misma dirección (al alza o a la baja al mismo tiempo). En caso contrario, hablaríamos de activos descorrelacionados.

Es cierto que existen riesgos, denominados riesgos sistémicos, que afectan al conjunto de los activos financieros y que no es posible diversificarlos. Con la diversificación conseguimos reducir el riesgo concreto de cada inversión, como puede ser el riesgo financiero de quiebra de un valor determinado. De esta forma, las pérdidas que se produzcan en algunas inversiones pueden ser compensadas en mayor o menor medida por las ganancias registradas en otras inversiones, limitando el impacto sobre el total de la cartera.

A grandes rasgos, estas son las principales clases de activos:

  • Liquidez y activos monetarios.
  • Renta fija, compuesta principalmente por bonos.
  • Renta variable, compuesta principalmente por acciones que cotizan en bolsa.
  • Activos reales que están ligados a la economía real y que aportan mayor diversificación (activos inmobiliarios, bonos ligados a la inflación, materias primas e infraestructuras).

Habitualmente, se considera que la renta variable y la renta fija son activos descorrelacionados entre sí (aunque algunos periodos recientes han demostrado que no siempre se cumple), lo que significa que si un inversor ha invertido en ambos activos y las bolsas caen, los bonos deberían hacerlo bien y permitirían compensar al menos parte de las pérdidas de la cartera. El oro también se utiliza habitualmente como fuente de diversificación, e incluso se considera un activo refugio debido a su elevada descorrelación con los mercados financieros. Asimismo, las inversiones alternativas – como el private equity, los hedge funds o los activos reales- como las infraestructuras o incluso el arte, también están altamente descorrelacionadas respecto a las inversiones tradicionales (renta fija y renta variable). Si bien es cierto que, debido a su menor liquidez, no están recomendadas para todos los perfiles de riesgo.

Además, cada clase de activo permite a su vez diversificar en sí mismo, por ejemplo, geográficamente, a través de la inversión en diversos mercados de renta variable. Debido a las características de cada mercado o cada país y los factores que pueden afectarles, no todos registran la misma evolución. En el caso de la renta fija, se puede diversificar también por emisor – limitando la exposición a los bonos de una misma empresa- o por calidad crediticia (investment grade, high yield, etc.), entre otros factores.

¿Cómo diversificar tu cartera?

Para realizar correctamente la diversificación de una cartera lo idóneo es contar con asesoramiento profesional, independientemente de que las inversiones se realicen en valores individuales, como pueden ser las acciones, o a través de otros productos financieros, como por ejemplo los fondos de inversión.

No obstante, los fondos de inversión tienen la ventaja de que hay un gestor profesional detrás de la cartera de cada fondo que ya se encarga de seleccionar las posiciones que la componen y hacerlo con una correcta distribución. Por ejemplo, en el caso de los fondos mixtos y/o flexibles – que cuentan con exposición a renta variable y renta fija -, el gestor realiza la asignación de activos y la exposición en función de su visión del mercado y a lo estipulado en el folleto informativo del fondo. Por su parte, los fondos que invierten en activos reales, como los fondos inmobiliarios o de infraestructuras, ofrecen mayor diversificación que si se comprara directamente el activo.

Para quienes disponen de suficiente patrimonio es aconsejable que a su vez distribuyan su patrimonio en varios fondos de inversión. Para quienes tienen menos cantidad para invertir, una opción son los Roboadvisor, gestores de cartera automatizados que ofrecen asesoramiento y gestión de activos mediante algoritmos, aunque en algunos casos también están supervisados por un comité formado por expertos de inversión, como es el caso de Openbank. Esta automatización permite que los servicios tengan un coste más reducido para el inversor. Los Roboadvisor suelen disponer de varias carteras compuestas para diferentes perfiles de riesgo, que van desde las más conservadoras hasta la más arriesgadas. ¿Quieres saber cómo funciona el Roboadvisor de Openbank?

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