El cambio climático es una realidad que ya pocos discuten y que, aunque no nos demos cuenta, afecta a más ámbitos de nuestra vida de lo que parece. A priori, las parcelas más afectadas pueden ser la agricultura -debido a los cambios meteorológicos- o la energía y el transporte -dada la necesidad de reducir las emisiones de CO2-, pero la realidad es que esto también tiene un impacto directo en nuestra cartera de inversión, tanto a nivel de rentabilidad, como en lo que a los riesgos se refiere.

De forma general, asumimos que los riesgos de nuestras inversiones son financieros, pero los extra financieros también deben ser tenidos en cuenta, como demuestran los recientes análisis llevados a cabo por diversas gestoras de fondos internacionales. BlackRock, por ejemplo, señala que hay cuatro riesgos climáticos que afectan directamente a las inversiones1.

Los riesgos climáticos que afectan a las inversiones

Uno de ellos es el riesgo físico. Es decir, las alteraciones que el cambio climático produce en la naturaleza como, por ejemplo, el aumento del nivel del mar o la mayor existencia de terremotos, inundaciones o sequías y el impacto que ello provoca en el negocio de las empresas si su sector se ve afectado (ejemplo: las inundaciones provocan una pérdida de la cosecha e influye en el producto final de una compañía). Históricamente ha sido difícil cuantificar los efectos físicos del cambio climático en las carteras de los inversores, pero los avances en los datos en esta materia ahora permiten calcular mejor cómo les afectan estos hechos.

Los otros tres riesgos son, según BlackRock, la regulación, la innovación y la mayor demanda de inversiones sostenibles por parte de los inversores. Las compañías que no sean capaces de adaptarse a las nuevas normativas dirigidas a reducir las emisiones de CO2, o que no puedan transformar sus modelos de negocios para lograrlo se quedarán rezagadas y, muy probablemente, serán menos favorecidas por los inversores, que cada vez están más comprometidos con el medio ambiente. No en vano, según los datos de Morningstar, los activos bajo gestión de fondos sostenibles se situaban en 2,24 billones de dólares a finales del segundo trimestre de 2021. Asimismo, según la encuesta de Robeco Global Climate Survey 20212, el 86 % de los inversores considera que el cambio climático será clave en sus carteras en 2023, lo que supone un importante incremento respecto a solo un tercio de los inversores que lo pensaba hace dos años.

Oportunidades atractivas

Esto demuestra que los inversores, además de ser conscientes de los riesgos que afrontan sus carteras en este sentido, también lo son de las oportunidades que ofrece la lucha contra el cambio climático y la transición energética; y de que están llamados a jugar un papel importante en este desafío, que los estados y las compañías no pueden abordar solos.

No en vano, la transición a una economía baja en carbono ofrecerá oportunidades a medida que la demanda de soluciones para mitigar el riesgo climático fomente nuevos modelos comerciales. Algunas de estas oportunidades de inversión se encuentran en los sectores de la energía, especialmente las energías limpias -como la solar y la eólica- y del transporte. Y no hay que menospreciar tampoco el papel que desempeñará el hidrógeno verde. También en las compañías que hacen posible dicha transición hacia una economía baja en carbono, como las que se dedican a la instalación o fabricación de materiales que permiten reducir las emisiones de CO2, por ejemplo, a través de las rehabilitaciones de viviendas.

Por otra parte, el sector agroalimentario también será clave. No en vano, según la FAO, el 70 % del consumo mundial de agua se destina a regadío. Ante este escenario, las compañías que sean capaces de diseñar tecnologías que permitan reducir este impacto y se dediquen a la agricultura sostenible estarán muy bien posicionadas para el futuro.

Tampoco hay que olvidar la gestión de residuos y el reciclaje, ya que la reducción de plásticos es uno de los principales compromisos de muchos fabricantes, que están modificando sus envases. Además, la reutilización de residuos y materiales permite impulsar la denominada economía circular, en la que se tiene en cuenta toda la vida útil de un producto. Incluso la Comisión Europea publicó el año pasado una serie de medidas para fomentar la economía circular y mejorar la eficiencia de la gestión de residuos y el reciclaje. No es de extrañar si se tienen en cuenta las previsiones del Banco Mundial, que estiman que para 2050, los residuos podrían crecer un 70 %.

Con este escenario, queda claro que el riesgo climático tiene (y tendrá en los próximos años) un impacto directo en las carteras, tanto positivamente -si se aprovechan las oportunidades de inversión-, como negativamente si no se calibran bien los riesgos y daños que puede causar en los portfolios. Y, por tanto, no debería ser ignorado a nivel inversor.


Este artículo ha sido redactado sin ánimo de exhaustividad y con efectos meramente informativos, sin que el mismo suponga ningún tipo de asesoramiento o recomendación por parte de Open Bank, S.A. Open Bank, S.A. declina cualquier responsabilidad por la emisión del presente artículo.

1Fuente. BlackRock. A sea change in global investing. Integrating climate into portfolios with ETFs, abril 2021.
2El 86% de los inversores considera que el cambio climático será clave en sus carteras en 2023.