El mundo ha respondido a la pandemia a través de la innovación, contrarrestando la incertidumbre y el miedo con ingenio e investigación. Esto significa que muchos aspectos de nuestras vidas son ahora diferentes y probablemente seguirán siéndolo incluso cuando esté completamente disponible una vacuna eficaz. Algunas tendencias establecidas se están acelerando y otras nuevas apenas comienzan.

Esto mismo es aplicable a las estrategias de inversión. A diferencia de lo que ocurría hasta ahora, para generar beneficios en este entorno se requiere un enfoque más flexible y enfocado, así como una mayor conciencia de los riesgos ESG (ambientales, sociales y de gobierno corporativo).

A nivel mundial, la pandemia de la COVID-19 ha cambiado el panorama de las inversiones de muchas formas y está claro que es poco probable que el ámbito de la inversión recupere las pautas que se observaron durante los últimos años. Muchos de los cambios, como unos tipos de interés muy bajos, serán semipermanentes cuanto menos. Con esto en mente, deben considerarse cuidadosamente si las estrategias de inversión de ayer siguen siendo apropiadas mañana.

En la actualidad, el esquema de riesgos en el diseño de algunas carteras está en entredicho. No debería ignorarse la aparición de un nuevo tipo de shock en el sistema. Los análisis futuros deben tener en cuenta las amenazas existentes que se ciernen sobre una serie de industrias y empresas, y los cambios radicales en el comportamiento humano. Los procesos de inversión más estáticos, que dependen de la continuación de las correlaciones históricas y de las características de riesgo pueden no responder de manera fiable a esta gama de nuevos escenarios.

La rapidez de los cambios aumenta el reto que ellos mismos suponen. Las perspectivas de la economía mundial no solo se dieron la vuelta en unos pocos días de febrero del 2020, sino que el estallido de innovación que se ha desatado por nuestra necesidad de adaptar los estilos de vida significa que estamos entrando en un período prolongado de cambios profundos. Esto es evidente en los cambiantes patrones de las actividades de ocio y viajes. Las implicaciones para sectores enteros de la economía mundial significan que es fundamental una gestión de cartera más adaptativa, y solo las carteras gestionadas activamente con mandatos amplios y flexibles pueden hacerlo.

Es el momento de ser más selectivos en el enfoque, comprendiendo los motores del cambio y seleccionando los sectores y temas que se van a beneficiar.

El aumento de la tasa de innovación ya está teniendo consecuencias. La aceleración del crecimiento observada por algunas empresas se corresponde con la disminución acelerada en muchas otras. Esto se hace actualmente más visible en la industria minorista, pero a nivel mundial los fabricantes también están reevaluando sus cadenas de suministro: abandonando los métodos "justo a tiempo" por la seguridad "por si acaso". Para beneficiarse, los gestores de cartera deben orientar las inversiones de manera muy precisa para lograr el máximo impacto. La aparente simplicidad de tomar posiciones en los índices de renta variable de todo el mercado significa comprar muchos perdedores frente a algunos ganadores, comparativamente hablando, lo que reduce las perspectivas de rendimiento. Es el momento de ser más selectivos en el enfoque, comprendiendo los motores del cambio y seleccionando los sectores y temas que se van a beneficiar.

Estos efectos no se sentirán de manera uniforme en todo el mundo. Como vimos con el propio virus, el impacto es desigual entre países y afecta a las industrias de forma muy distinta. Esto crea oportunidades para que los gestores de cartera desarrollen ideas de búsqueda de rentabilidad favoreciendo a un activo frente a otro sin asumir un riesgo de mercado significativo. Por ejemplo, en las primeras fases de la recesión, el margen para una respuesta más significativa de la Reserva Federal de Estados Unidos en comparación con el Banco Central Europeo creó un enorme potencial de rentabilidad para los mandatos de inversión flexibles.

La crisis también ha reforzado la necesidad de incorporar el análisis ESG en las decisiones de inversión. El impacto social de la crisis es profundo: los cambios en el comportamiento humano afectarán al rendimiento de las inversiones durante muchos años. Es probable que el aumento del gasto público - que después de la Gran Depresión de los años 30 se destinó en general a la construcción de infraestructuras - se centre esta vez en proyectos ambientales, para acelerar la transición hacia una economía con menos emisiones de carbono. Cada uno de estos factores debe incorporarse al proceso de gestión de cartera para minimizar el riesgo y maximizar el potencial de rendimiento en la nueva normalidad.

Parece claro que el futuro no va a replicar el pasado. Los enfoques de inversión que han prosperado bajo el antiguo régimen deben adaptarse si quieren seguir a la vanguardia con la flexibilidad inherente para navegar por el nuevo entorno. Esto incluye un enfoque más activo en la asunción de riesgos en un universo de inversión amplio y variado. En este sentido, será una ventaja fundamental poder adaptarse rápidamente para remodelar el perfil de riesgo de una cartera.

La granularidad también es importante. Las mejores ideas de inversión requerirán una aplicación con objetivos precisos. Una dispersión mayor que la normal entre ganadores y perdedores hace que las inversiones indiscriminadas basadas en índices sean menos atractivas, por lo que es un entorno en el que la gestión activa puede realmente añadir valor para los inversores.