Europa está de enhorabuena. Se ha conseguido acordar por primera vez la emisión de deuda de la Comisión Europea para financiar una recuperación económica sincronizada, no sin dificultad, pero finalmente aceptada por todos los miembros de la Unión Europea. Esto es sin duda un hito histórico en la integración europea, un paso más para la integración fiscal. Y lo que está en el espíritu del Acuerdo (no en la letra pequeña, sino en el cuerpo central), es que esa recuperación será sostenible, verde y digital, o no será. El 30 % del presupuesto destinado al programa de reconstrucción económica ‘Next Generation EU’ estará directamente comprometido con proyectos de transformación medioambiental. El resto de las ayudas también tienen que destinarse a proyectos que ayuden a contribuir al reto de la sostenibilidad, con especial énfasis en la digitalización.

No cabe duda de que un acontecimiento único en décadas como es una pandemia, ha sido (está siendo) fundamental para concienciar a todos los agentes económicos, inversores incluidos, de que los recursos financieros están mejor distribuidos si se asignan a aquellos sectores de la actividad comprometidos con la transformación de la economía hacia un mundo más sostenible.

El FMI también ha publicado su Outlook sobre la economía mundial en estas semanas, implicando en el crecimiento futuro la necesidad de que la transformación energética y la construcción de alternativas medioambientalmente neutras sean básicas en la producción económica a futuro.

A los criterios ambientales relacionados con el cambio climático no hace falta darles demasiada publicidad: desde el Acuerdo de París de 2015, por el que 196 países se comprometían con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas, la economía verde se ha abierto paso entre la comunidad financiera e inversora, con un claro protagonismo de activos como los bonos verdes o de los fondos temáticos que buscan estrategias contra el cambio climático como son los que invierten en ‘low carbon’, ‘agua’, etc.

Sin embargo, el mayor crecimiento que prevemos ahora será en el terreno de lo social. La inversión sostenible se basa en aplicar criterios extra-financieros a nuestras inversiones. Estos criterios se agrupan en tres pilares, lo que llamamos ASG: Ambientales, Sociales y de Gobernanza. Entre los criterios sociales, tiene especial protagonismo ahora mismo, y creemos que lo seguirá teniendo en el futuro, la inversión en Healthcare. Conseguir una vacuna para la pandemia está siendo una carrera contra reloj en la que participan no solo iniciativas públicas sino, fundamentalmente, grandes corporaciones privadas, varias de ellas cotizando en los índices americanos o europeos. No cabe duda de que, las exitosas, además de conseguir un bien para la humanidad como hace tiempo que no se veía, también conseguirán una visibilidad de su éxito rotunda que hará que el valor de la empresa se multiplique.

Pero si este es un ejemplo que nos puede sensibilizar a todos, no dejemos de pensar en los avances en investigación y desarrollo e innovación tecnológica que se están dando en el terreno del bienestar sanitario y por tanto social: audífonos cada vez más integrados, soluciones ópticas cada vez menos invasivas, prótesis cada vez más ergonómicas, o medicamentos y tratamientos para dolencias tan comunes y extensivas como las de la piel o las paliativas del dolor. Todo ello constituye un universo en expansión económica ya que cubren necesidades de los seres humanos que irremediablemente hay que tener en una población cada vez con mayor esperanza de vida y por tanto, más envejecida.

Otro ejemplo es la alimentación. Este sector está sufriendo una revolución gracias a la transformación hacia la comida healthy o saludable en las economías desarrolladas (y por tanto con mayor poder adquisitivo). Productores de salmón, de aguacate, o de otros alimentos considerados básicos en una dieta sana, cada vez más extendida, están viendo como el incremento constante de demanda hace que deban expandirse para cubrir cada vez un mayor número de mercados. Una vez más, muchas de esas compañías recurren a financiación bursátil y, por tanto, podemos participar en su negocio.

Hemos mencionado la oportunidad de invertir en el capital de algunas empresas de los sectores punteros en esta transformación hacia la economía sostenible, pero no olvidemos que todas ellas, para mantener su expansión o para conseguir una estructura de financiación eficiente, e incluso para poder transformar su producción hacia una menor intensidad en el uso de recursos medioambientalmente dañinos (como el carbón o el uso intensivo de agua) están acudiendo a los mercados de capitales a través de la emisión de bonos corporativos relacionados con los proyectos que quieren financiar en esta línea. El mejor ejemplo son los bonos verdes, que recogen dinero de los inversores para financiar actividades relacionadas con una transición energética que lucha contra el cambio climático. Estos bonos se han comportado sustancialmente mejor que el mercado de crédito europeo tanto en la crisis de la COVID-19 como en su recuperación posterior, dada la creciente demanda por parte de los inversores para contar con este tipo de deuda en sus carteras.

El auge de los bonos sociales no ha hecho más que empezar. Es el segundo gran capítulo de la expansión sostenible en los mercados de renta fija. Más de 30 países de todo el mundo ya emiten este tipo de bonos, y sin duda, la pandemia va a provocar que se desarrolle este mercado con mucha velocidad.

Un mundo entero por reconstruir y un solo objetivo: garantizar el crecimiento sin comprometer los recursos para generaciones futuras. La Sostenibilidad es, sin duda, el único camino.